Fuerte incidencia del gasto de comercialización en el ciclo agrícola 2014/2015

La cosecha gruesa que está por levantarse pasará sin pena ni gloria en términos económicos, pese a los altos rindes que se esperan. El incremento de producción que se vaticina con respecto al año pasado no compensará la caída de precios provocada por factores externos e internos.

Un productor hace la cuenta del almacenero: “En la campaña 2013/2014 se cosecharon alrededor de 55 millones de toneladas, que se vendieron a 330 dólares por tonelada como promedio. Sumaron 18.150 millones de dólares para el sector productivo. En 2015 se cosecharán probablemente 59 millones de toneladas, que se venderán a un precio estimado de 235 dólares por tonelada, 95 dólares menos que el año pasado. Suman 13.865 millones de dólares. El ingreso se redujo en 4285 millones de dólares para los agricultores, es decir un 23 por ciento menos”, compara.

El menor ingreso provoca un encarecimiento relativo de los insumos de producción, pero también catapulta porcentualmente los gastos de comercialización. En  un maíz de 1000 pesos por tonelada, por ejemplo, los costos “tranqueras afuera” se llevan casi la mitad del ingreso de un campo del noroeste de Buenos Aires.

El productor Juan Balbín, con campo en Cañada Seca, recuerda que un flete de esa zona a Rosario cuesta $ 350 por tonelada. La cosecha sumará $ 70-80 por tonelada más. Luego hay que agregar acondicionamiento, secada y comisiones. Con un rinde de 10 toneladas por hectárea, el ingreso neto equivale, prácticamente, al gasto de implantación y protección en campo propio. Es decir, se cambia la plata aún con rindes altos. Ni hablar en tierras alquiladas.

En la soja la gravitación del flete es menor, pero la tonelada se vende a un precio más bajo que el del año pasado, mientras que los costos de todas las labores y el acondicionamiento de los granos han subido por la inflación.

Arrendamientos

Balbín cuenta que casi todos los modelos de agricultura en campos arrendados arrojarán pérdidas. Es más: preventivamente, en su zona, no se alquilaron los campos con un potencial de producción menor de 25 quintales por hectárea de soja. Y eso genera un problema muy serio para los propietarios. “Muchos dueños de campos se gastaron todo lo cobrado en los últimos diez  años porque pensaban que el sistema de locación era viable eternamente”, observa Balbín.

“Hoy no reciben ofertas de arrendatarios agrícolas y tratan de desarrollar planteos con hacienda de terceros, pero enseguida se dan cuenta de que el molino no funciona y que no tienen pasturas ni alambrados en condiciones. El empresario que alquile esos lotes debe invertir en infraestructura durante dos años por lo menos, y ese ingreso debe restarse a lo pagado al propietario. Se genera, así, un modelo “muletto” hasta que se ordenen  nuevamente las variables macro que permitan volver a la soja.

Pocos propietarios de campos que se quedaron sin alquilar se animan a hacer una agricultura por administración. “Se debe vender algún activo para disponer del capital de trabajo, una decisión que cuesta tomar. Pero esa no es la única limitante. La otra es la pérdida de la cultura del riesgo volviendo a participar de una actividad que sufre cada vez más los extremos climáticos. Muchas veces, asumir ese riesgo es más difícil que conseguir los recursos, después de diez años de acostumbramiento a vivir con ingresos seguros”, concluye Balbín.

La Nación – Carlos Marin Moreno

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